Llano, A. 2013. Deseo y amor. En diálogo con
Marcel Proust.
Madrid: Ed. Encuentro.

La dimensión cognoscitiva del amor
y el deseo. Una lectura de Deseo y
amor de Alejandro Llano

The Cognitive Dimension of Love and Desire.
An Alejandro Llano's Reading of Desire and Love

La dimension cognitive de l'amour et le désir.
Une lécture du Désir et Amour d'Alejandro Llano.

 

Lourdes Flamarique*
*Universidad de Navarra /lflamarique@unav.es

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Si a menudo se habla de una inflación del lenguaje en el pensamiento contemporáneo, no menos habría que decir del deseo y el amor. Sobre estas dos claves de la existencia humana trata el último libro de Alejandro Llano, Deseo y amor. En diálogo con Marcel Proust Ambos fenómenos han sido ampliamente tematizados por el arte, la literatura, el cine, la filosofía, la psicología y, de modo singular, por la publicidad y el consumo, esto es, se han convertido en objetos de mercado y estrategias comerciales1. Como cualquier realidad humana, el amor y el deseo también han sido sometidos al escrutinio y valoración del ideal moderno de una humanidad reflexiva. Es lógico que esta atención haya modificado el régimen desiderativo y romántico de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, hasta el punto que son dos focos principales de los conflictos y tensiones tanto a nivel individual como social.

En épocas anteriores, la filosofía moral y las condiciones sociales de vida mantenían el amor bajo el dominio de las “razones y convenciones”, mientras que el deseo tenía un significado positivo casi exclusivamente para la filosofía y la literatura mística. Esto ha cambiado radicalmente. No solo han incrementado su peso en las expectativas felicitarias de nuestros contemporáneos, sino que se han erigido en la medida del éxito y fracaso vitales. No ha pasado desapercibido el efecto que esa vigilancia tiene sobre los dinamismos desiderativos y el enamoramiento. Si La Rochefoucauld decía que hay personas que nunca se habrían enamorado si no hubieran oído hablar del amor, Eva Illouz diría que muchas personas no pueden enamorarse precisamente por el peso de las “ficciones románticas”. Y al igual sucede con el deseo. La reflexión parece haber estropeado una tendencia natural; como sugiere igualmente La Rochefoucauld, la reflexión envenena el deseo, pues al tomar conciencia de mi deseo, se contamina lo que antes era puro, espontáneo; y en cierto modo, al ser potenciado, reorientado, el deseo se transforma en una acción calculada2.

El objeto de estas páginas no es desenmascarar las dinámicas vigentes sobre el deseo y el amor, sino tratar de entender cómo somos, y para ello se establece un diálogo con el mencionado libro de Alejandro Llano, Deseo y amor. Como si quisiera despertarnos de la ensoñación dogmática que nos lleva a pensar que cualquiera sabe del amor, sus primeras frases rezan: “El amor es el misterio de la vida. Nadie es capaz de definirlo”. No le falta razón al autor cuando no se conforma con decir que es un misterio sino el misterio de la vida. No obstante, se podría añadir que es un misterio que en cierto modo resolvemos nada más venir al mundo: no aprendemos a desear ni a amar, y nos encontramos amando, deseando. Es decir, nadie nos enseña a amar, a gozar, a amar la vida, a nuestros padres. El ser humano es depositario de una fuerza espiritual que encierra en sí la facultad y la tendencia al amor. El nombre de esa tendencia es ‘deseo’. Desear no es sino la puesta en marcha de esa fuerza espiritual que se configura y sedimenta como amor. Si el amor es el misterio de la vida, también es cierto que la amistad aleja el miedo ante la vida y por la vida misma: es lo que la hace “vivible”. Luego, una carga de prueba de la verdad que contiene el amor sería al menos la de mantener el eco-sistema que “humaniza” la vida.

Esto ya es algo, pero no es suficiente. Pues, como señala Llano, “no cabe vivir sin saber de alguna manera qué es el amor” (p. 11), porque sea cual sea la actitud que tengamos, “el amor es el punto en el que confluyen las vertientes esenciales de la vida humana” (p. 185). Sin duda es así. Con Heidegger hemos aprendido que nuestra peculiaridad óntica se caracteriza por tener siempre una comprensión de realidad, la primera de todas la que revela nuestro propio ser. La verdad acerca de sí mismo es la principal urgencia de la vida que nos despierta del sueño de la infancia, y nos descubre que tendemos a la verdad antes de nada.

Este libro está escrito por alguien que ha dedicado la mayor parte de su vida a la búsqueda y cultivo de la verdad en todas las formas posibles, también con su profesión. El horizonte de sus reflexiones es la confianza en que nada de lo humano es antihumano. Esto puede parecer algo obvio, pero si lo es, no siempre ha sido visto así. Humano, demasiado humano no solo es el título de un libro de Nietzsche; la expresión resume cierta forma de escepticismo contemporáneo que hace al hombre responsable de los males y errores de una tradición fallida desde su raíz griega, el primero de todos esos errores sería el ideal humanista. La falacia que llamamos hombre podría ser abandonada sin pérdida alguna para una buena parte de los pensadores actuales que, frente al ideal humanista, suelen presentar al ser humano como arrastrado por tendencias ciegas e irracionales que serían el auténtico motor de la existencia. Potenciar el deseo vendría a ser para ellos, como una especie de antídoto frente a las tentaciones del humanismo.

Alejandro Llano no solo diverge de esta concepción, sino que además la desmonta de distintas formas. Si nada de lo humano es antihumano, comprender qué es el deseo requiere considerar su razón de verdad y de bien para el hombre y la mujer. Esto no se ha hecho con frecuencia. Alejandro llano pone en relación la verdad del deseo con la verdad del amor, y muestra que esta segunda, la del amor también se aprende desde el deseo.

Aunque dice que “la literatura es el lenguaje del amor” (p. 177), donde se alcanza a expresar lo inexpresable, no nos ofrece una novela. No obstante, este libro es en cierto modo más biográfico, autobiográfico, que temático, pese a que su título y estructura sugieran lo contrario. Pues, si el amor y el deseo son los hilos con los que se teje la vida, al elegir estos temas, Alejandro Llano está ensayando la escritura de la vida, y lo hace del único modo que cabe hacerlo, escribiendo la propia. Pues, aunque el estilo expositivo del libro combina lo asertivo con el consejo, sin embargo, se diría que su gramática se rige por la ley de la paradoja y el esquema de la pregunta; que su autor avanza como quien pisa un terreno apenas señalizado y, mientras despeja el camino, va dejando nuevas señales. Pienso que lo que pretende no es tanto convencer al lector de la verdad de lo que afirma como mostrarle la ilusiones con las que todos componemos nuestra vida, ese “tiempo perdido” que diría Proust, y la necesidad de redescubrir por sí mismo, a través de otra composición, la de este libro, la verdad de la que no estábamos plenamente advertidos todavía, para que ahora, al leerla, la reconozcamos en nuestro propio vivir. Tal vez Llano tenga el mismo anhelo que confiesa Proust en las páginas finales de En busca del tiempo perdido y espera que sus lectores sean lectores de sí mismos, de modo que este libro “no sería más que una especie de esos cristales de aumento (…) gracias al cual les daría yo el medio de leer en sí mismos de suerte que no les pediría que me alabaran o denigraran, sino sólo que me dijeran si es efectivamente esto, si las palabras que leen en ellos mismos son realmente las que yo he escrito”3. ¿Qué ha escrito Alejandro Llano?, ¿qué deberíamos haber leído en nuestra propia vida? Traigo a continuación algunas de las paradojas y preguntas sobre el deseo y el amor que nos formula.

Como si fuera el pálpito de la existencia, se nos dice que “despertamos con un deseo inédito” (p. 13). San Agustín hubiera suscrito esta afirmación. En las Confesiones (X, 5) sitúa el deseo entre las pasiones del alma. Presenta al hombre como indigente, necesitado; ¿de qué?: de conocimiento y de amor. Así pues, ya en San Agustín, el deseo es signo de que el hombre no está “en casa” mientras no vuelva hacia sí mismo; es decir, la existencia humana no puede entenderse estáticamente. El deseo nos sitúa en la exterioridad más radical. Es tal vez la forma primordial de extrañamiento que experimentamos.

Pero, al mismo tiempo, el deseo nos confirma que la subjetividad humana está naturalmente orientada a la realidad: “El hombre es un ser deseante” (p. 35). Podemos imaginar, enjuiciar ciertos modos de vida como solipsistas, pero estos son siempre reflexivos, no espontáneos y probablemente escarmentados; porque propiamente vivimos abiertos a otros, a la realidad que no somos. Por eso, Llano puede afirmar que tanto el deseo como el amor “son intencionales” (p. 139). No solo en el sentido de que apuntan a un objeto, sino en otro más primordial que refiere con estas palabras: “El hecho de desear –como un modo primordial de ser- traduce una falta de identidad que nos expulsa de cualquier tentación de solipsismo. (…) El anhelo de sí mismo, que se busca precisamente en una identificación plena en lo ajeno (y sobre todo en la otra o en el otro), no hace sino agrandarse con la experiencia de los sucesivos deseos que se han satisfecho” (p. 36).

Es lo que con una expresión algo críptica, y pido disculpas por ello, podría formularse: en el objeto del deseo como del amor hay una cierta anticipación de sí. El anhelo de sí se aquieta con la anticipación de sí. Renunciar a esa anticipación (no desear, no amar) sería lo mismo que haber muerto ya. Aquí reaparece de nuevo el íntimo vínculo entre amor y vida. Sólo la amistad aporta al hombre el conocimiento de sí mismo y le hace descubrir dónde y cómo es necesario trabajar sobre la propia persona. Semejante transparencia del yo para sí mismo, como sostiene Pavel Florensky, sólo es alcanzable por una interacción real de las personas que se aman. Por eso, el ideal de amistad no es solo algo innato en el hombre, sino que constituye para él un a priori: un elemento constitutivo de su esencia4. Con palabras de Alejandro Llano: “somos esencialmente incompletos necesitamos y deseamos realidades que vayan colmando esa especie de vaciedad interior” (p. 21). Ahora bien, la van colmando sin saciarla nunca.

Sucede que el anhelo de sí se agranda con la experiencia de los sucesivos deseos que se han satisfecho, porque no en todo deseo, en cualquier deseo, en cada amor, nos reconocemos por igual ni mucho menos totalmente. La negatividad que se experimenta ante cada deseo satisfecho es la condición del aprendizaje que proporciona no solo ni principalmente un carácter –que diría el moralista o el educador-, sino que constituye un paso indispensable para la vida plena. La cuestión es en qué sentido esa experiencia negativa puede ser máximamente positiva. ¿Es porque nos enseña a discernir mejor lo amable y deseable de lo que no lo es tanto?

Alejandro Llano implícitamente responde “no” a esta cuestión. Al subrayar que las pasiones son antropológicamente necesarias, pero éticamente ambiguas (p. 18), nos sorprende detectando la ambigüedad donde no la esperamos. Es decir, no en el hecho de que podemos desear y amar algo o alguien contra nuestro propio bien, sino que es ambigua la misma dinámica del deseo, y por eso es más relevante desde el punto de vista antropológico. Pues, aunque en nuestros deseos y sus objetos advertimos “tanto lo que nos es propio como lo que no lo es, nos reconocemos sobre todo en aquellos [objetos] que se muestran como tardos, a medio hacer, faltos de coincidencia con lo que somos” (p. 36). Así lo que parecía un fracaso nos dispone para una mayor lucidez, para una conciencia más clara. A saber: es nuestra radical finitud respecto del tenerse a sí mismo lo que explica nuestra libertad desiderativa (p. 36). Que esto es así, y sin duda lo es, lo podemos reconocer en nuestra vida a nada que nos detengamos a pensar en los distintos anhelos y esperanzas que han ordenado los años ya vividos. Decía que siendo esto así, la forma primordial de desear que presenta Llano es deseo de sí, al igual que el amor es sin menoscabo de su pureza amor egoísta, amor de sí. Por tanto, en el deseo y en el amor habría una forma de reflexividad que no es viciosa; no se trata del “cor curvum in se” (un corazón curvado hacia sí mismo) según la expresión agustiniana, sino del propio ser que se hace presente a sí mismo en el conocimiento como indirectamente conocido, en el amor como indirectamente querido. Así, se puede entender que Alejandro Llano afirme que “todo amor a otro presupone el amor a uno mismo” (p. 79), por lo que, con palabras de Tomás de Aquino, concluye que “los pecadores no se aman verdaderamente a sí mismos” (p. 75). En mi opinión, lo decisivo en esta sentencia es el adverbio ‘verdaderamente’, porque tienen un cierto amor a sí mismos. Llano insiste en esta idea con unas palabras de san Agustín: “Quien sabe amarse a sí mismo, ama a Dios. Pero, quien no ama a Dios, aunque se ame a sí mismo tal como la naturaleza le obliga, es mejor decir que se odia, pues se conduce como un adversario de sí mismo”.

Si amarse verdaderamente a sí mismo es el empeño de la vida, pretender acertar, saber amarse cuando nadie nos enseña a amar parece un deporte de alto riesgo. Los antiguos decían que el amor notitia est; el amor es conocimiento porque se conoce también amando y porque solo se conoce bien lo que se ama. Si parece que es clave acertar en el amor, ¿podemos decir lo mismo del deseo? Desde luego, en el deseo el deseante se conoce a sí mismo como sujeto de deseos, pero no parece que haya una total simetría entre deseo y amor. Al menos no según Alejandro Llano.

Veíamos que antropológicamente podríamos decir que deseo y amor navegan en la misma dirección, pero desde la perspectiva ética, los ritmos ya no van acompasados. Según Llano, se da una ambigüedad pues ambos no colaboran por igual en el logro del bien personal; pueden llegar incluso a anularse. Hay cosas que solo se pueden desear (la venganza, el mal ajeno…), pero ¿hay otras que solo se pueden amar, (el sufrimiento, la cruz)? Purificación y conversión son la cifra del tránsito de la relación natural al bien, hasta la persona (p. 82). Es decir, de la inclinación originaria, tendencial, a la acción libre e intencional. Este tránsito exige ruptura, abandono. Es el paso del deseo al amor, de las apariencias a la realidad, que Proust narra magistralmente en el volumen El tiempo recobrado. Como nos aclara Llano, “no se trata de detectar lo común al presente y al pasado, sino que estamos ante algo más esencial que ambos” (p. 87). Precisamente “el desengaño respecto al deseo abre la puerta que conduce al amor” (p. 92).

Según se ha destacado ya, antropológicamente el deseo nos da noticia de que somos necesitados, sedientos, insatisfechos (p. 24). Pero también de algo más radical, respecto a lo cual la necesidad sólo es síntoma. El consumo como una conducta social opera precisamente sobre la idea de que el deseo no brota principalmente de la necesidad, sino de un afán de ser cuya semántica quiere dirigir el mercado gracias a la publicidad. Sucede que la ausencia de plenitud en cada deseo satisfecho sitúa la condición humana naturalmente del lado de la búsqueda incesante, no de la contemplación; esta es siempre un logro personal. Llano sostiene que ese desasosiego se atempera con el conocimiento y el amor. Lo propio de nuestra condición, afirma, es la esperanza de encontrar lo que puede colmar su ansia incontenible.

Pero, en mi opinión, esto ya no se identifica como un objeto del deseo. Es el deseo mismo el que lo significa, su exaltación, su intensidad. Decía al comienzo que nadie nos enseña a amar la vida, porque todos disponemos de una fuerza espiritual que encierra en sí la facultad y la tendencia al amor. Si el deseo es la puesta en marcha de esa fuerza espiritual, ciertamente esta se configura y sedimenta como amor; pero tampoco el amor tal como lo experimentamos es término de llegada. ¿No sería algo constitutivo del deseo el desear más, desear desear, como el amor ama amar? Tal vez tenga razón Hegel cuando ve la historia humana como la historia de los deseos deseados. Alejandro Llano parece sintonizar con lo anterior cuando recuerda esas palabras de Pascal: “nada le resulta al hombre tan insoportable como el estar en completo reposo, sin pasiones… El siente entonces su nada, su abandono, su insuficiencia, su incapacidad, su vacío” (p. 27).

Así pues, que lo deseado nunca termine de satisfacernos no depende del acierto en la dirección del deseo. Si el deseo es un constitutivo de la existencia humana, de su apertura esencial e inadecuación irreparable en relación a su ser, con el vivir, el deseo se ahonda, se profundiza. La insatisfacción es, entonces, señal de fortaleza, de que se es capaz de seguir queriendo sin detenerse en ningún bien particular y sin desesperar por no haber alcanzado todavía lo que pueda colmar la sed. Aquí sale mejor parado el amor, pues, como nos dice A Llano, mientras el deseo sigue buscando, el amor encuentra cierto sosiego ante los primeros signos de ser amado (p. 29), tiende al exclusivismo, lo que explica los celos: “El amor es un tipo de deseo, pero no se identifica sin más con él” (p. 31).

Aparentemente la potencia vital del deseo es mayor que la del amor. Si algo o alguien es meramente deseado, como ejemplifica el personaje de don Juan, nadie ni nada es suficiente. El paso de un deseo a otro, la sustitución de un objeto de deseo por otro, no inquieta, al contrario, anima. La estructura dramática de la existencia (p. 28) se teje tanto con el desencanto de lo anhelado y ya conseguido (por lo que conlleva de limitación o de fracaso), como con el temor a perderlo. Así, el deseo “está más íntimamente afectado por el tiempo” que el amor (p. 33). Pues el amor parece detener el tiempo, nos mantiene en el presente desde el pasado que se vivencia en las personas amadas como el mismo tiempo del presente; el deseo, en cambio, con sus impaciencias y nostalgias nos recuerda nuestra condición mortal (p. 34), la caducidad y transitoriedad de nuestra vida. Curiosamente, por eso nos hace vivir más en el futuro, que es una forma de no morir.

La clave de esta diversa temporalidad nos la ofrece de nuevo Alejandro Llano cuando afirma con rotundidad que “el amor es un acto, no se identifica con el movimiento, sino que remite más bien al hábito” (p. 31). Apunta a un rendimiento de nivel intelectual, por eso no dura de acuerdo con una medida externa, sino que perdura (p. 60). También por eso, la pérdida de un amigo es una especie de muerte. Pavel Florensky llega a decir que “estar sin amigo” se asemeja de un modo misterioso a “estar sin Dios”5. Lo que podría reescribirse: mientras se tenga amigos se tiene también a Dios.

Sobre lo que es digno de nuestro amor estamos bastante bien informados, pero no tanto sobre lo deseable. Puesto que el hombre no diseña sus tendencias, no se ha hecho a sí mismo oréctico, no puede anticiparse plenamente a su bien; por un lado, necesita reconocerlo en lo que le rodea, advertir en las cosas si son convenientes, si son buenas y en qué medida; esto es, decidir y decidirse. La plenitud humana es inseparable de la realidad circundante, que siempre se le da mediada por una cultura. Por otro, se descubre a sí mismo como sujeto de deseos: El hombre no es dueño de sí mismo. Cuando René Girard identifica lo originario natural con el deseo mimético acepta que la naturaleza humana está regida por una semántica profunda de la racionalidad. En esa medida, también el deseo es conocimiento. Con otro lenguaje, Freud había intentado una reilustración del interior del yo, del oscuro rincón donde emerge el deseo que forja las imágenes, los sueños y conductas: el sueño no es sino cumplimiento de deseos.

Sin duda el deseo tiene peor prensa que el amor. Una de las razones es que frente al amor se percibe el deseo como una tendencia individualista. Todo lo contrario. Nada hay más social que el deseo (Freud). En cierto sentido la estructura del deseo es más compleja que la del amor. El deseo es más mimético que el amor, en ese sentido más intersubjetivo. Bien lo sabe la publicidad. El gran éxito del consumo reside en haberse introducido en las esferas más íntimas del individuo, vertiéndolas en un lenguaje, esto es, socializándolas: ha transformado los deseos en conductas previsibles y habituales. En la publicidad el deseo se presenta unido a la aspiración a la vida buena, a la felicidad y autorrealización.

La clave de esta compleja estructura estaría, según Alejandro Llano, en el hecho de que “el deseo se sustrae a las leyes, al pensamiento, a la lógica y a la propia conciencia.” (p. 112). Tal vez por eso “el deseo es necesariamente interpretativo, hermenéutico” (p. 114). Forjado no con evidencias, sino hecho de ilusiones; de algún modo, “todo deseo lo es de algo desconocido”, y esto explica que se tema lo que se desea, y a la vez, que “lo anhelado cambie con frecuencia” (p. 114). En definitiva, todo deseo es deseo de libertad, donde el genitivo caracteriza al propio ser del sujeto al que se refiere. “El deseo es una de las formas básicas de manifestarse la libertad”. Por eso mismo, considera que la ética se ocupa de lo oréctico: porque, añado yo, su ambigüedad moral no disminuye su relevancia antropológica.

Si hay cosas que solo se pueden desear y otras que solo se pueden amar ¿cómo se da el paso del deseo al amor, y viceversa? Según Llano, un deseo muy intenso no puede desembocar en amor. Del amor puede seguirse el deseo pero no al revés (p. 62). No obstante, hace suyas estas palabras de Tomás de Aquino “el deseo codicioso es efecto del amor” (p. 64), palabras que sugieren que hay una retroalimentación de deseo y amor: “deseamos lo que amamos” pero no siempre amamos lo que deseamos. Habría así una fractura entre deseo y amor, que dejaría a la vista una división en la satisfacción del anhelo de sí. Lo que está en juego no es sin más el equilibrio psicológico y emocional del hombre, sino algo más íntimo si, como se ha dicho, es la falta de identidad lo que explica nuestra condición oréctica. La solución a esta tensión la ofrece Llano en un capítulo posterior, cuando afirma que el deseo puede ayudar a descubrir la persona apta para ser amada, pero mientras que “el deseo pretende atraer a su presa, el amor se entrega a ella” (p. 142). Así, “un amor que surgiera del deseo supondría una especie de generatio aequivoca” (p. 143). El amor es la base del trascender volitivo, si decae en mero apetito, se quiebra la dinámica del querer. Por lo que “desde el punto de vista ético solo es humanamente noble el deseo que está orientado por el amor” (p. 143).

Alejandro Llano piensa con Tomás de Aquino que “el amor precede al deseo”. En consecuencia, el amor sería la raíz y el motor de toda la vida afectiva, de todas las manifestaciones desiderativas (p. 69). Llano afirma que las concreciones del amor son la fuerza que orienta e impulsa los deseos; sin el horizonte del amor, el ser humano se disgregaría en una multiplicidad de deseos. Por lo que “la función decisiva del deseo es la de apuntar a la satisfacción de un anhelo y, si acaso, señalar dónde se encuentra aquello que es amable. A su vez, la misma dinámica moral desvela que en el origen del propio deseo recto se encuentra el amor” (p. 71)6.

Esta tensión entre amor y deseo se hace extrema en relación a los celos. Estar celoso equivale a vivir una ausencia de tal modo que se problematiza el amor que se tenia seguro (p.149). Alejandro Llano sigue en este tema a Proust, para el que los celos son una enfermedad del deseo (p. 118) que le acompañan necesariamente (p. 119). Y como para Proust no hay amor sin deseo, también el amor se ve afectado inevitablemente por los celos. La inquietud, la desconfianza, la sospecha suponen el acicate del deseo y del amor. El deseo se alimenta del temor por la pérdida de lo amado.

Pero ¿es este el único significado que tienen los celos en la vida afectiva? ¿O más bien la exclusividad responde a la naturaleza personal del amor, y por tanto, los celos son el mismo amor, pero en su carácter de irreducible alteridad? ¿No son los celos la condición necesaria y un aspecto indispensable del amor (su aspecto vuelto hacia el dolor), de modo que quien pretendiera suprimir los celos se llevaría con ellos también el amor? En este punto estoy más cerca de Florensky que de Proust y, por tanto, que de Llano. Ver la esencia de los celos en la suspicacia, en el amor propio mezquino, en la desconfianza, resulta tan incorrecto como presuponer que la esencia del amor se encuentra en no dejar en libertad a quien se ama, en el favoritismo, en la injusticia. La suspicacia y el odio-envidia serían tan solo manifestaciones indebidas de los celos, generadas por la confusión entre amor y deseo. Dios también es celoso.

¿Qué son entonces los celos en sí mismos? Son uno de los elementos indispensables del amor, que constituyen su base y su fondo. Todo amor posee por esencia propia una fuerza selectiva, todo amor realiza un acto de elección, esto es, es de naturaleza personal. Si el amor-la amistad es una libre elección, al establecer una relación con una persona (que es una entre muchas) se hace como si fuese única, apegándose a ella con su propia alma, por eso el amor-la amistad es exclusivo. De esa exclusividad son signo los celos7. Las personas amadas, como las empresas a las que se llega a dedicar buena parte de la vida, no sólo son objeto de nuestro amor, sino también debemos tener celo hacia ellas. El amor requiere poder plasmar en la realidad ese estado de elección, reafirmarlo y conservarlo. Como afirma Florensky: “El conjunto de todo esto es lo que representan los celos”8.

A lo largo del libro, Alejandro Llano apunta los trazos de la semántica del deseo y se emplea más a fondo en la semántica del amor. Ambas se nutren de la realidad cultural. Un aspecto apenas considerado es precisamente la perspectiva cultural-social de la dinámica desiderativa, del imaginario romántico. La semántica del deseo no es solo antropológico- psicológica, sino cultural. Depende de códigos sociales, de modos expresivos e interpretativos instituidos socialmente. El complejo de significados con los que orientamos, concretamos y satisfacemos nuestros anhelos más personales configura patrones, educa nuestra sensibilidad, alimenta nuestra experiencia moral. Y lo mismo pasa en cierto modo con el amor. Llano, aunque reafirma la íntima ligazón de cultura y naturaleza, no aborda esta perspectiva directamente. Trae un ejemplo especialmente denso y rico en indicaciones para una mejor comprensión de la condición humana. La obra de Proust ofrece un selecto catálogo de las variaciones culturales del deseo al presentarlas precisamente en el escenario perfecto: la sociabilidad pura de una comunidad desocupada y entretenida únicamente con el juego social; vidas enteramente dedicadas a la construcción de sí mismas como personajes y, por ello, especialmente atentas a la imagen que proyectan en los otros. Cuando la persona es personaje, los deseos son exclusivamente miméticos. Pero, la genialidad de Proust, como advierte Alejandro Llano, está entre otras cosas en haber mostrado como el amor y el deseo interpretados exclusivamente desde los códigos sociales, desde los patrones instituidos socialmente, consisten en una fuerza vital capaz de trascender la misma cultura.

El tiempo recobrado es de la conversión que libera del dinamismo mimético que despierta el deseo. “Al renunciar a la autosatisfacción inmediata, el protagonista se libera de la esclavitud del deseo y se abre a la perspectiva del amor” (p. 126). “La conversión exige superar el resentimiento que nos lleva a sentirnos víctimas y a proyectar sobre los otros nuestra violencia contenida” (p. 126-7). Cabe pensar que los verdaderos paraísos son los que hemos perdido, cuando se da el giro radical hacia lo que trasciende el tiempo y la mera emotividad carnal, posibilitando que la vida de la persona no quede prisionera del transcurso mundano de la vida hasta su muerte; que el flujo horizontal del tiempo meramente homogéneo se transforme en un tiempo vertical y verdaderamente humano. El tiempo del amor personal (p. 129). Proust describe un tiempo pasado, no solo perdido.

También hoy desear requiere aprendizaje. Lo difícil no es tanto conseguir lo que se desea como formular bien el deseo. Y para eso echamos mano de lo que nos ofrece nuestro tiempo. En nuestros días, podemos presumir de haber innovado las formas de deseo y, por ejemplo, destacar el deseo de autonomía (que parece opuesto al mimetismo social) y el de reconocimiento como predominantes en la ambición de sí que anida en cada ser humano. Entre ambas formas se da una tensión a la que el pensamiento no ha dado respuestas suficientes. Pero, ¿no estaría igualmente justificado pensar que el amor está sobredimensionado en las sociedades modernas y, por ello mismo, está extremadamente problematizado? Nunca como en nuestra época, ha tenido el amor romántico tanta importancia en la valoración de la vida en términos de felicidad, éxito, etc. Y sucede que los motivos que hacen del amor un elemento central de la identidad y felicidad son casi los mismos que lo determinan como un aspecto tan difícil de la experiencia; se trata de los modos institucionalizados del yo y la identidad moderna, como han mostrado estudios recientes sobre la dimensión socio-cultural del amor.

Alejandro Llano no acepta que el escenario social decida unilateralmente en la realidad del amor, porque lo que está en juego no son las circunstancias, sino la persona a secas (como afirma Inciarte). Y titula el último capítulo del libro “La verdad del amor”. Pero, se preguntará un lector atento, ¿faltaba todavía esto, no es de lo que se ha hablado en todos los anteriores? Aunque a lo largo de sus páginas se nos ha persuadido de que el amor es la “clave del logro de una vida humana” (p. 185), Llano guarda la mejor indicación para el final. Dirige nuestra mirada hacia la conjunción de verdad y amor que “es una de las claves de la vida” (p. 186). San Agustín también lo creía así, incluso que el amor es originariamente amor a la verdad, y por eso Dios es lo más íntimo al ser humano. Que el amor a la verdad es la forma fundamental de amor no lleva a una visión intelectualista de la condición humana. Al contrario, que la verdad sea antes y más amada que conocida, explica que de las personas amadas esperemos veracidad, autenticidad. Nada destruye tan rápidamente el amor como el engaño, el fingimiento.

Puesto que la conjunción de verdad y amor de la que nos habla Alejandro Llano es vital, que sea lograda o malograda, no depende de conocer una clave secreta. Porque la verdad propia del amor, nos dice magistralmente, no es sino “la verdad que el amor descubre en las personas y cosas” (p. 194).

Se puede aparentar, representar la amistad y servirse para ello de palabras y códigos culturales fácilmente reconocibles. Pero no se puede engañar con la vida cotidiana, y la prueba certera de la autenticidad de una persona se adquiere por la vida en común en el amor de amistad. Aquí, en la amistad, es donde comienza a revelarse el alma. Quiero terminar con unas palabras prestadas, pero que –si he leído bien el libro de Alejandro Llano- a mi entender son un resumen de su pensamiento. Citaba antes una expresión de Pavel Florensky, estar sin amigo se asemeja de un modo misterioso a estar sin Dios, y por ello es en la amistad, en el amor “donde tienen su principio, o bien el pecado auténtico y profundo, o bien una auténtica y profunda santidad”9.

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1 Sobre esto véanse los excelentes trabajos de A. R. Hochschild y E. Illouz.

2Según Zizek, el deseo deviene un instrumento de dominio cuando "no solo quiero que hagas lo que quiero, sino que lo hagas porque quieres; no sólo quiero regular tus actos, sino también tus deseos. Lo peor que puedes hacer no es dejar de hacer lo que yo quiero, sino hacerlo sin tú quererlo. Lo cual nos lleva a la cortesía: un acto de cortesía consiste, precisamente, en fingir que quiero hacer lo que el otro quiere que haga, de modo que mi sumisión al deseo del otro no ejerza presión sobre él". Zizek, S. 2011. En defensa de causas perdidas, p. 25. Madrid: Akal.).

3 Proust, M. En busca del tiempo perdido. El tiempo recobrado, p. 404. Madrid: Alianza Ed.

4Florensky, Pavel. 2010. La columna y el fundamento de la verdad, p. 386. Salamanca: Ed.
Sígueme.

5 Florensky, Pavel, La columna y el fundamento de la verdad, p. 366.

6Un contraste lo ofrece el personaje de Dostoievsky, el príncipe Mishkin, que encarna en cierto modo esa superior dignidad del amor que defiende Alejandro Llano. Pero en Mishkin, el amor "sin concreciones" y, además, la ausencia de todo deseo, se resuelve en que no ama verdaderamente. El amor "puro", espiritual, que siente por dos mujeres, a la vez, y por todo aquel que entra en su vida no se puede llamar propiamente amor hacia ninguno de ellos: no se decide por ninguna de ellas, tampoco toma partido en las disputas, no censura ni elogia y, al final, causa un gran mal a todos. Ignora que la finitud humana impone no poder ni querer contentar a todos, sino tener que elegir, decidirse que es también una forma de amar. La seriedad y "pureza" con la que acomete los problemas y conflictos de los demás, es decir, la carencia de interés propio en sus acciones, las convierte en inhumanas; es su "extrema moralidad" lo que le impide reconocer amores encontrados que, al afirmarlos simultáneamente, da lugar a consecuencias indeseadas por él, como por ejemplo el sufrimiento del otro, la muerte. Su fraternidad es mera compasión, no ama precisamente porque solo acepta un amor "espiritual".

7 Florensky, Pavel. La columna y el fundamento de la verdad, pp. 407-8.

8 Florensky, Pavel. La columna y el fundamento de la verdad, p. 410.

9 Florensky, Pavel. La columna y el fundamento de la verdad, p. 383.





 

 

 

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